La geografía espiritual del arte por Cecilia Vicuña

Cuando Cecilia Vicuña llegó a Manhattan en 1980, no tenía planes de quedarse, pero para Vicuña, una artista exiliada del Chile gobernado por Pinochet, los planes no importaban mucho. Llevaba menos de una semana en la ciudad cuando se cruzó con un pintor argentino y se instaló en su loft improvisado en TriBeCa. Entonces había pocas farolas, por lo que la cuadra se volvía oscura por la noche, y las ruinas de un viejo paso elevado atravesaban el barrio.

Podía oler el río Hudson —estaba tan cerca—, pero se interponía una chatarrería de piezas de automóvil y un muro de alambre de púas. Sin embargo, frecuentaba sus aguas todas las tardes, mirando a través de una grieta en la enorme montaña de metal. Necesitaba saber que el río sobrevivía, que seguía fluyendo, aunque estuviera contaminado, rebosante de tráfico, casi invisible desde donde ella estaba. Esa amistad elemental la mantenía en pie en la ciudad extranjera.

Un día se dio cuenta de que había un hueco en el alambre cerca del suelo y empezó a cavar, “como el perro que soy”, bromeó hace poco. El túnel era pequeño, pero ella también lo era (1,52 metros y 45 kilos) y lo atravesó, pasando por encima de tapacubos oxidados y losas de hormigón resbaladizas por las algas, para finalmente poder saludar al río cara a cara.

Pronto, el túnel se hizo más grande: otros habían seguido la línea de deseo que ella trazó. De vez en cuando veía que alguien que tomaba el sol en las rocas, o que pescaba, o que fumaba al ponerse el sol, y se saludaban a través de la claridad de la brisa.

Durante años, la ribera permaneció salvaje, sin urbanizar, provincia de trabajadores sexuales y artistas y otras vidas descarriadas. El pintor argentino reclamó el loft como su estudio, así que Vicuña pasaba sus días trabajando en este intermedio urbano, enviando pequeñas esculturas a navegar en las cunetas, dibujando en las aceras y construyendo ciudades fantásticas con basura y madera de reboso en la orilla del río, donde la marea las ahogaba casi tan pronto como se erigían, como si ensayara, en miniatura, las muchas catástrofes climáticas que aún estaban por suceder.

Cuando llovía, se formaban enormes charcos en la intersección, que reflejaban nubes de color púrpura, y Vicuña se arremangaba los pantalones para tejer hilos en la superficie, de modo que los charcos quedaban como portales en los que el mundo lucía invertido. Quería que sus propios desechos y “los desechos creados por la vida misma” se mezclaran. En una acera nevada, alineó palitos con crestas de lana: una manada de animales abstractos que pronto se hundirían en el desagüe de la alcantarilla con condones y colillas. Ahora se pregunta si alguien se fijaría en esos pequeños tesoros de la basura —basuritas, los llama ella, precarios— o se agachó a recogerlos. No concebía ser la única que escudriña el subsuelo de la ciudad en busca de restos de belleza.

Vicuña tiene 74 años y desde hace 42 vive en el mismo loft. Ha cultivado la misma parcela en su jardín comunitario local durante casi todo ese tiempo, plantando tomates y siete tipos de albahaca, al menos hasta que el 11 de septiembre hizo que el suelo fuera tóxico, tras lo cual se pasó a las flores. Ha habido muchos cambios: el pintor argentino se mudó, y el poeta estadounidense James O’Hern se instaló. Los grandes ventanales que daban al río están ahora bloqueados por rascacielos, y ella es una de las últimas inquilinas que quedan de la cooperativa original.

El régimen de Pinochet terminó en 1990, así que ella es libre de ir y venir entre su hogar adoptivo y su Chile natal. El descuidado paseo del río fue renovado —un elegante parque lleno de financieros que pasean por allí— pero ella sigue caminando a diario, acuclillándose para examinar una mariposa que se atiborra de algodoncillo o para reñir a un par de niños que pisotean los tulipanes.

A pesar de los primeros destellos de fama —tenía 18 años cuando publicó sus primeros poemas y 23 cuando realizó sus primeras exposiciones en museos—, Vicuña ha trabajado sobre todo al margen del establishment artístico, respaldada por una red de base de traductores, etnógrafos y activistas. Es casi imposible resumir el caleidoscópico abanico de su quehacer artístico. Ha llenado galerías con hojas de otoño y ha improvisado rituales de protesta en las cumbres de los glaciares.

Sus poemas —trenzas sueltas de español, inglés, sánscrito, quechua, latín y otros idiomas— a veces se convierten en dibujos sobre las páginas. Varios de ellos han circulado como lemas entre activistas desde Delaware hasta Santiago: el agua quiere que la escuchen, o tu rabia es tu oro. Sus atrevidos y místicos cuadros inmortalizan a la chamana mazateca María Sabina y a la música chilena Violeta Parra, como si a Giotto le hubieran encargado una serie de folletos para la izquierda latinoamericana. Su retrato de Karl Marx, recientemente adquirido por el Guggenheim, lo imagina rodeado de rosas en un bosque denso y onírico donde unas mujeres hacen el amor.

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